Desconfía cuando escuches la palabra “Pueblo”.
Cuando un político dice “la sociedad necesita”, pregunta inmediatamente: ¿qué sociedad? ¿quiénes exactamente? ¿todos? ¿cuántos? ¿y qué pasa con los que no queremos?
Siempre hay una trampa escondida en esas palabras.
Usar esos términos es convertir a millones de personas distintas en una sola criatura imaginaria.
Una criatura que, casualmente, siempre quiere exactamente lo mismo que el político.
Una sociedad está compuesta por individuos que pueden estar de acuerdo o discrepan entre sí.
No hay universalidad. No hay un pensamiento colmena.
Es una ficción lingüística.
Y el problema empieza cuando esa ficción adquiere poder político.
Exige al político nombres específicos y verás que desaparece buena parte de la retórica.
El lenguaje colectivo permite esconder al responsable y borrar al disidente.
Por eso palabras como “pueblo”, “sociedad”, “la gente”, “todos” y “nadie” deberían encender una alarma inmediatamente en tu cabeza.
La sociedad somos los individuos, nunca lo olvides.
No hay una mente colmena esperando que algún político venga a interpretarla y mucho menos representarla.
Hay seres humanos.
Millones de ellos.
Distintos.
Y libres para decir:
“No. Yo no quiero eso”.
Y ese “yo” debería ser suficiente para obligar a cualquiera que pretenda hablar en nombre de “todos” a contenerse.